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lunes, 26 de marzo de 2012

Frío



Soy una nevera, literalmente una puta nevera. Mi cuerpo es hielo metalizado, mi corazón un témpano y mis pensamientos son vacuos e indefinidos. Pero no se te ocurra compadecerme, cabronazo. Tú no eres más que un cuerpo que tiembla, un corazón que arde y una mente angustiada.

miércoles, 20 de abril de 2011

"Versículos prohibidos", Nocte y 23 Escalones

Por fin, aparece mi primera colaboración con Nocte -la Asociación Española de Escritores de Terror-. Se trata de una antología de micros, coordinada por mi compañero Ángel Villán y editada por "23 escalones". El tema es la Semana Santa, vista desde nuestra particular óptica. Mis aportaciones son "El silencio del mundo" y "Él ha dejado de amarnos".


Para poder disfrutar de este ebook, de descarga gratuita, hay que pinchar sobre la  espectacular ilustración de esta entrada. Una vez accedemos a la web de "23 Escalones", debemos pinchar sobre el rótulo: Descargar ejemplo. Y de este modo, tendremos el ePub.

Aquellos que no dispongan de un Ebook -como es mi caso-, que no se preocupen,  pues existe una aplicación disponible para Mac Os X, Linux y Windows, llamada "Calibre", que permite leer cualquier libro eletrónico en las pantallas de nuestros ordenadores.

Si alguno de vosotros, tiene problemas a la hora de bajar el ebook o instalar el "Calibre", que me lo haga saber, a través de los comentarios, y trataré de ayudarle.

Como hubo un relato que se traspapeló y no pudo incluirse en la antología, y que creo que merece ser leído, pues estoy bastante satisfecho con el resultado; os lo dejo en la entrada, como si fuera un Bonus extra de un Dvds. Allá va, espero que os guste. 
Y sinceramente, leed "Versículos prohibidos", porque tengo el privilegio de colaborar con escritores de un talento prodigioso.

“Adiós, madre”


Mi madre era una mujer muy devota. Siempre quiso ir a Andalucía para ver las procesiones. El año pasado, me llevé a mi madre y a tres amigas, a ver las procesiones de Córdoba. Fue un viaje en coche largo y azaroso. El médico me había dicho que, si esperaba más, ella no podría ir. Por desgracia, estaba en lo cierto. Poco después de regresar, mi madre comenzó a empeorar rápidamente. Me alegré, entonces, de haberla llevado. Nunca le había visto tan feliz. Recuerdo que mi madre y sus amigas lucharon, con uñas y dientes, por ocupar la primera línea. Yo, en cambio, me limité a quedarme atrás, pendiente de que ella estuviera bien. Nunca me han gustado las aglomeraciones, y mi altura me permitía tenerla localizada, en todo momento. La enfermedad degenerativa que le habían diagnosticado, un par de meses antes, se volvió más agresiva. No creí que una muerte pudiera resultar tan cruenta. Todos sufrimos más de lo que pensábamos que se podía sufrir. Sabía que mi madre tenía que morir, tarde o temprano, pero nunca imaginé que lo haría así. Los últimos días, mientras permanecía sedada, deseé que muriese. En los breves lapsos que estaba despierta, que no lúcida, era incapaz de reconocer a la mujer que me había criado. Necesitaba que todo acabase. Lo que me hacía sentir como un mal bicho. Entonces, una noche murió. No fue hasta meses después, solo en la casa, que realmente noté su ausencia y rompí a llorar. Hasta aquel momento, había vivido como un fantasma, incapaz de asimilar lo ocurrido.

Con el paso de los meses, el dolor empieza a ser más llevadero. Aunque todavía sufro algún pequeño episodio de ansiedad. Mi psicólogo dice que es normal. Pronto, la baja terminará, y me ha dicho que, si  me veo preparado, sería bueno que me reincorporase al trabajo. La televisión está encendida. Es semana santa, aunque no me daré cuenta, hasta más tarde, cuando mis ojos contemplen una imagen que me hará estremecer. Me he debido quedar dormido en el sofá. Miro somnoliento la pantalla. Entre la multitud que se agolpa, detrás de uno de los reporteros de “España Directo”, puedo ver, con suma claridad, el rostro de mi madre. Y parece feliz.




viernes, 4 de febrero de 2011

Lluvia


En aquella calle empedrada mi corazón se partió en dos mitades de algo que un día fue mayor que la suma de las partes. No recuerdo por qué no pude llorar entonces. Ella, sí pudo. Mucho. Lloró por los dos. ¿Qué le hizo tanto daño? Me imagino que hice o dije algo que no debía. ¿Cómo se llamaba? Sólo puedo recordar el olor de su pelo mojado y el tacto frío de su faz enrojecida. Llovía, sí; a mares. Nunca había visto llover de  aquella manera. ¿Qué nos dijimos? Recuerdo que era incapaz de pensar con claridad, ni tampoco podía dejar de temblar. Ella hablaba, y yo no podía entender ni una palabra de lo que me decía. Algo no funcionaba dentro de mi cabeza. Por eso, me limitaba a asentir, como un idiota, mientras rezaba porque las lágrimas dejaran de brotar de sus ojos y su voz se volviese inteligible. ¿Qué había tomado esa noche? Deseé con todas mis fuerzas proclamar a los cuatro vientos que la amaba de una forma casi enfermiza. Que ella lo era todo. TODO. Absolutamente todo. Pero no dije nada, y callé. Sólo pude alejarme de lo que me dañaba. Como un animal herido, busqué refugio en un mundo nocturno; un mundo que me acogió sin remilgos y me tentó con besos químicos y sexo desesperado. Así, acabó una historia de amor que apenas recuerdo hoy en día. Del mismo modo, empezó otra, muy distinta, que versaba de culpa, primero, y de redención, después.

jueves, 17 de junio de 2010

Vidas y trayectos



—Dime… ¿quieres vivir?

Gabriel sabía que se trataba de una pregunta retórica, porque, a pesar de que la masa gris de su cerebro resbalaba ya casi por la mejilla, nunca su mente se encontró tan lúcida, tan despierta, como en ese instante final.

María hurgaba y arañaba, llevada por la desesperación, valiéndose de sus propios dedos, los labios vaginales; entre los cuales se había escabullido su bebé mientras orinaba. El cuerpo roto del recién nacido, yacía, ahora, tumbado boca arriba, con el cráneo abierto, muy, muy cerquita de ella.

Pedro caminaba, descalzo, por la orilla de una playa que vomitaba sangre. La normalidad se le atragantaba, como un mal viaje; y la razón, se dispersaba, como un millar de esferas en una máquina del millón. Necesitaba un tiro.

Ana no se atrevía a volverse. Era incapaz de mirar a los ojos del desconocido que había invitado a subir a casa, y a quien luego le había permitido entrar dentro de ella. Por eso fingía que dormía, mientras aguardaba a que él se marchara. Aquel extraño, a quien jamás volvería a ver, no le dio un beso al salir de su vida. Ana se alegró de que no lo hiciera, y lloró.

Dafne se moría de cáncer, y compraba en la panadería por última vez en su vida. Le resultó curioso descubrir que nunca se había fijado en aquel chico tan guapo, con quien, desde hacía seis años, coincidía en la panadería, y a quien nunca podría besar.

David despertó con las sábanas manchadas y un espacio vacío en la cama. Tras lo que le pareció un mundo, consiguió levantarse. Se metió en la ducha. Estuvo bajo el agua caliente más de media hora. El aroma de aquella mujer estaba prendido a él. Mientras planeaba su suicidio, David tomó conciencia de que nunca lograría olvidarla si algo fallaba.

La señora María subió al coche y fue a la mercería de toda la vida. Allí compró el cable más grueso y largo que pudo encontrar. Regresó a casa. Se enrolló el cable alrededor del cuello y dio una patada a la oxidada silla de jardín.

Nuria entró a la farmacia a comprar una caja de condones, mientras su novio, Fran, que los usaría esa misma noche con otra chica, en aquella estúpida fiesta a la que nunca debieron ir, aguardaba en el coche, con el motor en marcha.

lunes, 7 de junio de 2010

Puertas

Jamás aparta los ojos de las puertas, como si esperase encontrar algo inesperado y sorprendente bajo el quicio de un mundo plagado de limitaciones, tanto físicas como creativas. Contempla a su interlocutor y trata de centrar su atención en las palabras que brotan de su boca, pero le resulta imposible mantener la concentración. Sus ojos se desvían en busca de las oquedades de las estancias; ya sean ventanas, puertas o conductos de ventilación... Cualquier cosa, por nimia que sea, le vale. Con tal de que pueda asomarse a otro lugar que no sea el que habita, y siempre que exista, claro, la probabilidad, aunque sea remota, de darse de bruces con algún acontecimiento que pueda lograr estremecerle o hacerle sentir algo, lo que sea... Pues hace tiempo que lo mundano dejó de interesarle. Y no es que los años le hayan vuelto egoísta y huraño. Bueno, tal vez, un poco huraño, sí. Son las personas. Por más que intenta integrarse entre quienes comparte una era y un barrio, nunca logra sentirse parte del todo. La gente le resulta sumamente aburrida. Pero no culpa a los demás de su hastío. Él es el primero en reconocer que su existencia carece de interés para cualquiera, e incluso para nadie; si es que nadie pudiera sentir algún tiempo de interes. Su mente parece haberse aislado tanto del ruido que le rodea, que ya ni siquiera puede descifrar las frases que lanzan al aire aquellos que todavía le acompañan en un viaje que sólo puede terminar con la muerte; la de quien sea.

jueves, 4 de febrero de 2010

Adiós, amigo, adiós


Un animal se marcha con más dignidad y entereza que muchas personas. Una postal escrita por un hombre muerto espera a que los vivos se fijen en aquel sobre arrugado y extraño que el azar se encargó de extraviar. La cinta del pelo, de una muchacha que quiso jugar a ser mujer, descansa a merced del salitre de un mar de ensoñaciones frustradas. Las llamaradas arden en la chimenea de un hogar que jamás podrá ser calentado. Un muro de piedra permanece desnudo de pintadas, y listo para ser derruido. El tiempo pasa demasiado deprisa para quien, por fin, ha decido qué hacer con su vida. Una bandada de pájaros interrumpe las confesiones y secretos de quienes están condenados a romper el fuerte vínculo que les une. Alguien descubre que los aviones de su juventud estaban demasiado lejos, cuando un estruendo le obliga a alzar los ojos y mirar el cielo. La pérfida imaginación de un escritor teje una trama que solo conduce a un callejón sin salida. Nadie será recordado, porque el olvido es el juez más justo. Un espejo quebrado devuelve la imagen distorsionada de quien se disfrazó durante demasiado tiempo. El rocío inunda los sentidos de un vagabundo que vive sólo por instinto. Quién elige el grado de importancia de las cosas. El muro cae, porque es lo que hacen las cosas: caer, para volver a ser levantadas. Una miríada de cosas por hacer se convierte en la única regla de las vidas de quienes se atrevieron a soñar. La carta cae del sobre veinte años después de ser escrita, y la nieta, de quien escribió la misiva, llora, al amparo de la luz de un portátil; y no llora por ella, sino por todos nosotros.

jueves, 21 de mayo de 2009

Demasiado ocupados

Dejaba que me despertara la luz del día, pues el sonido del despertador sólo me recordaba que no tenía a dónde ir. Llevaba dos meses fingiendo encontrarme en el séptimo cielo, delante de amigos y familiares; y poco más de un mes, llorando a escondidas, cuando volvía a casa, ya bien entrada la noche. Quise tomarme mi despido como una oportunidad; qué otra cosa podía hacer. Pensé que la mejor manera de no rendirme, era centrarme por completo en la escritura. Tenía algo ahorrado, y bastante cotizado en la seguridad social. Debido a lo cual, sentía que tenía un margen suficiente de tiempo para hacer una última intentona de dedicarme a lo que realmente se me daba bien: ganarme la vida como escritor. Pero las cosas se fueron truncando poco a poco. Al principio dedicaba un par de horas a echar currículum en Internet, con el propósito de encontrar un trabajo que me llenara; y luego, me pasaba más de ocho horas escribiendo relatos y una novela que quería terminar para tratar de moverla. Le dedicaba a la tarea de escribir el mismo tiempo y esfuerzo que a un trabajo —incluso seguía horarios estrictos, que respetaba a rajatabla—; pero con el transcurrir de las semanas los viejos fantasmas salieron de sus escondrijos y comenzaron a acecharme con la misma fiereza de antaño. Estaba en la treintena y sentía que no tenía derecho a tratar de luchar por sacar adelante un sueño que aparqué durante la adolescencia porque todo el mundo me decía que no podría ser. Cada tarde, me obligaba a mi mismo a pasear sin descanso por las calles de Madrid, intentando disfrutar de un tiempo del cual, a veces, me sentía dueño exclusivo; ya que todo el mundo que me encontraba se encargaba de recordarme lo ocupado que estaba con su trabajo absorbente y la ingente cantidad de problemas que le acuciaban —todos, claro, más importantes que los míos—. Aún cuando cerraba los ojos para intentar conciliar el sueño, ya en mi cama, no dejaba de oírles decir: Es que YO no tengo tiempo para nada. Es que YO tengo mucho trabajo. Es que YO tengo que pagar un piso. Es que YO no puedo aceptar cualquier empleo, necesito ganar más de 1000 euros. Es que YO, YO, YO… Y yo, así en minúsculas, yo, con el ánimo de no molestar, asentía con la cabeza y ponía mi cara más comprensiva, mientras decía algo así como: Bueno, ánimo… Cuando, en realidad, me hubiera gustado decir: Hijo de puta, y yo qué soy, un bicho de otro planeta. Y YO, en mayúsculas, es decir aquella persona que se sentía superior a mí, porque me pasaba las tardes vagando por Madrid y escribiendo por las mañanas chorradas que no daban dinero, en lugar de convertirme en un miembro productivo de la sociedad, me miraba con una expresión que rozaba la repugnancia —como quien mira una cucaracha—; o peor aún, como a un niño que todavía no sabe nada de la vida de los adultos. Aunque nunca me lo dijeron de forma directa, sus palabras daban a entender —de forma muy poco sutil— que yo, sí, el de antes, el de las minúsculas, era poco más que un jeta, que no quería trabajar como hacían todos los demás… Ahora, más de un año después desde que encontrara un trabajo que no me gusta —pero que me permite pasar de puntillas por la vida, sin que nadie haga juicios de valor sobre mí—, ya no escribo nada y he dejado de hacer todas aquellas cosas que me llenaban. Creí que así me sentiría mejor, más orgulloso de mí mismo. Pero no hago más que empeorar. Me imagino que el diagnóstico sería depresión, si algún día decidiera visitar a un médico. Pero hay una cosa de la que esto convencido, por muy mal que vaya mi vida, jamás le diré a otra persona, sin saber cómo está y por lo que está pasando: Es que YO no tengo tiempo para nada. Es que YO tengo mucho trabajo. Es que YO tengo que pagar un piso. Es que YO no puedo aceptar cualquier trabajo, necesito ganar más de 1000 euros. Es que YO, YO, YO… No, jamás.

jueves, 19 de febrero de 2009

Cochina enfermedad


Todas las noches salía al balcón del séptimo piso que compartía con su mujer y el bebé, con el firme propósito de saltar al vacío delimitado por la barandilla. Algunas noches, cuando el dolor remitía y por fin podía dormir unas pocas horas, acurrucado al calor que desprendían el cuerpo de su mujer y del bebé, se alegraba de no tener valor suficiente para acabar con su vida; otras, la mayoría, se odiaba por desear morir cuanto antes y que todo terminase.

Fracaso

Las cadenas se desprenden, por fin, como si nunca hubiesen apretados mis tobillos. La guitarra que nunca aprendí a acariciar, me observa, sin juzgarme, con un ojo rasgado por cinco cuerdas. El bolígrafo que no escribió el cuento que pretendía escribir, descansa sobre la libreta que juré no destrozar y que, ahora, permanece desnuda de hojas. Tengo ganas de llorar. Un lápiz sin afilar comparte frasco de cristal con un montón de pinturas y rotuladores huérfanos. Ella se ha ido, y no volverá nunca. Quise volar, y jamás levanté los pies del suelo. Divina inspiración, que hacías de mi un ser especial. Quisiera poder emocionar por última vez, pero mi cabeza no escucha ya a mi corazón. Mermado de facultades, mi cuerpo se postra, miserable y roto. Necesito expirar una cita brillante y genial, pero sólo me sale el miedo por la boca. Si pudierais contemplar, en este instante final, lo que os podía haber ofrecido; si sólo hubiese tenido la valentía suficiente para demostraros la belleza que era capaz de crear. Mis párpados embolsan los ojos, y mí tiempo concluye. No lloréis mi muerte, llorad mi vida.

Diario de un desahuciado

Sé que mi tiempo ha llegado a su fin. Es una sensación amarga, sí, pero la acepto en buena lid. Sin rencores. No tengo nada que reprochar. La enfermedad sólo ha hecho algo que yo no hubiera sido capaz de hacer por mí mismo. Siento que se me va la cabeza. Pronto, todo terminará. Hora de darse por vencido, y cerrar los ojos para siempre.
He vagado a la deriva durante toda mi vida. Me he convertido en lo que más me asustaba: un autómata que vive por, y para un trabajo que detesta. Alguien a quien sólo le quedan las emociones de personajes ajenos; teatros de vida, escenarios cotidianos, que, como sombras nocturnas, son consumidos por las primeras luces del alba.
Emocionalmente, hace mucho tiempo que estoy muerto. Qué más da, si ahora es mi corporalidad la que debe morir. Si tuviera algo que me atara a este mundo, quizá lucharía contra la enfermedad. Pero estoy muy cansado para enfrascarme en una dolorosa guerra que, ni tan si quiera sé, si tengo alguna posibilidad remota, o si quiero, ganar.
Los sueños, que una vez fueron el motor de mi vida, han pasado a ser las frustraciones que subyugan y niegan cualquier atisbo de esperanza.
Incontables veces, deseé gritar con todas mis fuerzas, a quienes jamás quisieron oírme. Ansié reconocer que tenía miedo —muchísimo—; que mi entereza, sólo era una pose forzada, una mascara agrietada, de quien no supo crecer como los demás.
Siempre me resultó muy curioso como las experiencias modelaban a las personas. Quién sería yo, cómo sería mi vida, si las cosas hubieran sido de otro modo, y mis elecciones hubiesen sido otras.
¿Es éste el justo pago por ser cómo soy? Nunca lo sabré. Pues el tiempo es un depredador implacable y cruel. Pero a pesar de que ya no importe, yo, sinceramente, creo que sí. Lo que no comprendo es que: si conscientemente soy capaz de aceptar la muerte, por qué no dejo de temblar.

Occidente ciego

Los pasos de la civilización son amortiguados por el ruido de las bombas. La arena del mundo se cuela por el retrete de los poderosos. El silencio latente no es más que el germen que desatará la destrucción que está por venir.
Recuerda que somos seres educados en una sociedad capitalista. Por lo tanto, la violencia y la brutalidad conforman nuestro paisaje cotidiano. Odiar al prójimo, resulta sencillo, cuando estás obligado a competir con él.
Dios hace mucho tiempo que nos retiró la palabra. Quizá todavía llora por nosotros. Pero nunca se atreverá a mostrarnos misericordia.
Me sé un chiste sin ninguna gracia:
Un niño palestino se asoma dentro del cañón de un tanque israelí. Segundos después, se precipita al suelo con la cabeza reventada. ¿De quién es víctima? ¿De un disparo que le desintegra la cabeza? No, no, qué va. Es otra víctima más del cubismo.
Lo sé, es muy malo. Ya lo advertí. Dije que no tenía gracia.
Lo que sí tiene gracia es que haya seres humanos capaces de dar la orden para que eso suceda.
A veces siento, creo, pienso, que sería mejor que se tirase de la cadena del mundo y se empezara otra vez de cero.

viernes, 13 de febrero de 2009

Matrimonio con Dios

Erase una vez una historia amoral que partía de una premisa religiosa y desembocaba en una acción deleznable. No hubo tiempo para construir una moraleja apropiada; tampoco para reflexionar sobre lo ocurrido. Y obviamente, ninguno de los que, a lo largo de los años, supieron de la historia, tuvieron el valor de contarla a un mundo cegado por valores de cera. Decidieron guardar el secreto entre muros sagrados. No fue necesario que nadie diese la orden. Todos callaron; fueron cómplices de horrores indescriptibles. Hombres y mujeres, encargados de predicar el mensaje de Dios, se negaron a alzar la mirada, contemplar el cielo y buscar una respuesta. Pues ésta podría ser inoportuna. Fe y sentido común siempre fueron conceptos enfrentados. ¿Qué otra cosa podían hacer? Nadie les avisó que una erección podía subsistir tras contraer nupcias con el Todopoderoso. Creyeron que el amor por Dios sería suficiente para paliar la lívido. Nunca pensaron que el deseo pudiera trastornarles de ese modo. Hasta el hombre más recto es capaz de transformar un acto de amor en una aberración cometida a hurtadillas. Ocultos sus rostros bajo caretas angelicales, fingían ser ángeles sobre la tierra. Pero sólo eran seres humanos que no conocían el amor de la carne. Dios lo entendería, pensaban, henchidos de rabia, pues Él, es misericordioso con aquellos que le sirven; y sus jóvenes monaguillos, bueno, tendrían que aprender a vivir con lo que habían hecho durante el resto de sus vidas y esperar que su dolor espiritual cicatrizase junto con las heridas provocadas por el Diablo.