lunes, 7 de junio de 2010

Puertas

Jamás aparta los ojos de las puertas, como si esperase encontrar algo inesperado y sorprendente bajo el quicio de un mundo plagado de limitaciones, tanto físicas como creativas. Contempla a su interlocutor y trata de centrar su atención en las palabras que brotan de su boca, pero le resulta imposible mantener la concentración. Sus ojos se desvían en busca de las oquedades de las estancias; ya sean ventanas, puertas o conductos de ventilación... Cualquier cosa, por nimia que sea, le vale. Con tal de que pueda asomarse a otro lugar que no sea el que habita, y siempre que exista, claro, la probabilidad, aunque sea remota, de darse de bruces con algún acontecimiento que pueda lograr estremecerle o hacerle sentir algo, lo que sea... Pues hace tiempo que lo mundano dejó de interesarle. Y no es que los años le hayan vuelto egoísta y huraño. Bueno, tal vez, un poco huraño, sí. Son las personas. Por más que intenta integrarse entre quienes comparte una era y un barrio, nunca logra sentirse parte del todo. La gente le resulta sumamente aburrida. Pero no culpa a los demás de su hastío. Él es el primero en reconocer que su existencia carece de interés para cualquiera, e incluso para nadie; si es que nadie pudiera sentir algún tiempo de interes. Su mente parece haberse aislado tanto del ruido que le rodea, que ya ni siquiera puede descifrar las frases que lanzan al aire aquellos que todavía le acompañan en un viaje que sólo puede terminar con la muerte; la de quien sea.

1 comentario:

  1. Es el oximoron del amor, creo, eso de desdecirse en los demás.

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