miércoles, 8 de enero de 2014

The Grandmaster


Si el mundo fuera justo “The Grandmaster” sería una clara aspirante a alzarse entre los filmes más taquilleros del 2014 de la cartelera española, obtendría multitud de premios, reconocimientos y menciones especiales; así como las puntuaciones más altas de la crítica especializada. 

Pero el mundo no es un lugar justo y probablemente los prejuicios hagan que esta grandiosa producción tenga menos repercusión de la que sin duda merece. Aunque muchos serán los que eleven la voz con el propósito de que no pasen inadvertidos el sinfín de cualidades que atesora la última película de Wong Kar-Wai; producción que le ha llevado cuatro años completar y que vale cada fotograma de su excelso metraje. 

Porque, sobre todo en Europa, se tiende a menospreciar el cine de género y volver la cara de pronto a un autor de prestigio, considerado un intelectual, cuando dirige una película que se enmarca dentro de un género etiquetado como menor entre las élites del séptimo arte. 

Son numerosos los ejemplos en los que un reputado director de lo que se ha dado en denominar cine de autor dirige una película de género, tan o más intelectual que las que había rodado hasta entonces, y recibe de repente o una fría acogida o reproches injustificados.

¿Ejemplos? Innumerables. Quizá el caso más hiriente sea el de el maestro Zhang Yimou. Quien decidió realizar allá por el 2002 su particular homenaje al cine de artes marciales, espadas y fantasía cantonés -Wuxia; deudor de la Ópera China- y vio como la crítica más sesuda así como alguno de los festivales más importantes, no le prestaron niguna atención; habiendo realizado una excelente película como era “Hero” -y las que vendrían después- de un lirismo y una épica digna de admiración, que en nada tenía que envidiar a sus filmes más realistas. Solo cuando hizo otra película “más de autor” como “Amor bajo el espino blanco” volvió a recibir la atención de los festivales y de la crítica.

Si a esto se le suma que se trata de cine oriental, plagado de joyas magníficas del noveno arte -hay vida más allá de los maestros Kurosawa u Ozu-, las cuales son víctimas del desprecio y los prejuicios del público occidental, que no tiene ningún interés por ver la trilogía “Infernal Affairs”, pero que se afanan por ver un remake occidental dirigido por Martin Scorsese infinitamente peor. A esto, se añade que la mayoría de las grandes películas asiáticas no llegan o lo hacen sin promoción alguna y queda claro por qué en occidente nos estamos perdiendo auténticas obras maestras. 

Demos gracias a Dios por las filmotecas, por el arrojo de nuevas distribuidoras de cine oriental y de algunos festivales atrevidos como el de Sitges -en su última edición nos trajo “Drug War”, la última película de otro maestro del cine asiático: Johnnie To.

Esta larga introducción sirve como contexto para entender el análisis de una película que si se ve sin prejuicios puede conmover y emocionar a cualquiera; pero que al igual que le pasó a Zhang Yimou será víctma de juicios arbritarios y malintencionados por aquellos que consideran que el cine de autor no puede ser de género; y quien escribe estas líneas se pregunta si ha habido un director de cine cuya autoría fuese más clara que la de Stanley Kubrick; director que saltó de un género a otro y dejó su personal impronta en cada una de sus obras.

Muchos serán los que tratarán de menospreciar la última película de Wong Kar-Wai por el mero hecho de ser una película de artes marciales y dirán que es lo peor que ha hecho. Y ojo, que nadie se equivoque. Esta película exuda artes marciales por los cuatro costados y tiene escenas espectaculares de lucha. Wong Kar-Wai no pretende fingir que hace otra cosa. La película funciona a las mil maravillas como producto de artes marciales. Además, no es que se limite a ser una gran película de artes marciales -que con eso ya sería suficiente-, sino que, como nos tiene acostumbrados el director hongkonés, es una película que nos habla de la condición humana y nos deslumbra con su belleza plástica.

Si a las maravillosas coreografías de Yuen Wo Ping se suma una fotografía donde la luz y los contornos adquieren una plasticidad cuasi pictórica gracias a Philippe LE SOURD, una puesta en escena elegantísima y una dirección de actores prodigiosa solo puede surgir una autentica obra maestra.

Resulta fascinante como el cine de Wong Kar-Wai, siendo un cine narrativamente emocional, que hace de la síntesis argumental y del ritmo virtudes parejas, es capaz de trascender de una forma fisiológica. El espectador puede sentir como se le pone la carne de gallina o cómo sus ojos palpitan húmedos ante el sufrimiento de los personajes que se hallan en la pantalla.

La película está plagada de instantes efímeros tan hermosos como dolientes. 

Wong Kar-Wai domina el tempo narrativo de una forma magistral. Pero lo que realmente hace bien es convertir sus películas en lo más parecido a entrar en una sala de exposiciones. Están rodadas y montadas de tal forma que el ojo del espectador es guiado por suaves travellings y dirigido por composiciones y puestas en escena muy trabajadas y bien pensadas, que provocan que nuestra visión vaya de un lado a otro, de forma fragmentada, de los particular a lo general, como haríamos al contemplar el lienzo de un artista plástico si visitásemos una exposición de pintura. La luz, vital en este filme, y las impresionantes interpretaciones de los actores -todos están bien, aunque destacan Tony Leung y Ziyi Zhang - provocan que el lirismo no sea algo frío y ajeno, sino cálido y humano.

Como ejemplo de dicha síntesis fílmica podrían citarse inumerables escenas, pero para no extenderme en demasía, citaré dos: el plano en el que Ip Man está tumbado de espaldas al tiro de cámara y la voz en off nos narra que la guerra ha destrozado su vida o cuando se nos muestra como él y su esposa se aman de forma incondicional sin necesidad de subrayarlo; limitándose Wong Kar-Wai a ofrecernos un par de secuencias donde uno lava el cuerpo del otro con suma deboción, ternura y sensualidad.
   
En definitiva, “The Grandmaster” una película que funciona tanto como película de artes marciales como obra de autor y que nos narra la vida de un personaje interesantísimo, como fue el maestro de Bruce Lee -quien fue mucho más que eso-. Mítica figura que, en pocos años, ha sido llevada varias veces al cine de forma notable.

Para concluir, un último apunte, para quien disfrute de este filme y quiera saber más del “Ip Man” cinematográfico. Existe una saga, protagonizada en sus dos primeras entregas por el espectacular Donnie Yen que merecen mucho la pena. “Ip Man” siendo muy distinta a “The Grandmaster” tiene un argumento similar, y es también una película magnífica. “Ip Man II” es a la primera parte lo que “Rocky II” fue a “Rocky”: una digna continuación pero mucho menos interesante. La tercera, ya sin Donnie Yen, nos cuenta la juventud de Ip Man, “Ip Man. La leyenda” quizá sea la menos sólida de la saga; aun así, es una película entretenida. Y la última, “Ip Man: The Final Fight”, estrenada en 2013, es un digno colofón a una saga de películas notables, donde asistimos a los últimos años de vida de Ip Man, interpretado esta vez por un injustamente criticado Anthony Wong. 

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