martes, 7 de diciembre de 2010

CONFINAMIENTO

Corrían los últimos años de la década de los noventa, y empezaba a escribir relatos de manera convulsa. No me preguntéis cómo, pero mientras mi autoestima estaba a la deriva en lo que se refiere a mi vida cotidiana, mi ego como nuevo valor literario crecía y la necesidad de escribir aumentaba de forma exponencial. Así que decidí que, en vez de perder el tiempo escribiendo decenas de relatos, iba a escribir una novela. Sí, en lugar de tener terminado cientos de relato, tendría una novela escrita en unos pocos años. Aunque era consciente de que probablemente todo aquel esfuerzo fuera en vano; ya que sabía que aún estaba muy verde como escritor. Pero quería intentarlo.
La novela tardó en gestarse como cuatro años y de manera intermitente. Es una obra primeriza, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva; escrita en un período muy confuso de mi vida, con apenas veinte años. Personalmente, opino que tiene momentos geniales, pero que el conjunto cojea.  Aún así, la gente que la ha leído dice que toca la fibra sensible del lector; y eso, a mí me vale.
La novela puede descargarse gratis en formato digital o comprarse por algo más de diez euros en papel. Hemos renunciado a cualquier beneficio y no podemos bajar más el precio. Basta con que pinchéis sobre la imagen de la novela que se encuentra en la esquina superior derecha y os llevará al enlace Bubok.
Espero vuestros comentarios. 

jueves, 2 de diciembre de 2010

THE ADDICTION

"No somos pecadores porque pequemos, pecamos porque somos pecadores", esta frase, apenas susurrada por la vampiresa llamada Casanova —interpretada por una inquietante y sensual Annabella Sciorra—, mientras permanece envuelta entre las sombras de una sórdida habitación de hospital, sintetiza a la perfección la premisa inicial que hace avanzar una película de vampiros, tan bizarra como interesante.

“The Addiction” es una película de bajo presupuesto, dirigida por Abel Ferrara —uno de los directores más interesantes e inclasificables del panorama independiente actual— y escrita por Nicholas St. John —un guionista excepcional, quien parece haberse evaporado, como por arte de magia, tras escribir el libreto de la intensa “El Funeral”.

La película trata de ahondar en la naturaleza del ser humano, y se vale del género –en concreto, del vampírico— para alcanzar una mayor libertad creativa, y potenciar, mediante una atmósfera asfixiante y sucia, los elementos narrativos y emocionales de una historia que indaga —como ya viene siendo habitual en la filmografía de este director— en la religión, la tentación, el vacío existencial, la culpa, el deseo, la violencia, la autodestrucción, la necesidad de sentir, la incapacidad de amar, la redención…

Aunque es verdad que esta misma historia podría haberse rodado sin necesidad de emplear ningún elemento sobrenatural. Al fin y al cabo, los vampiros actúan y viven como drogodependientes contemporáneos. La elección por parte del guionista de emparentar la cinta con el género de vampiros, no hace sino acrecentar los sentimientos que revuelven el estómago de los personajes.
La realidad desangelada y distorsionada —encuadrada en un perfecto blanco y negro, casi siempre cámara al hombro, mediante planos picados y contrapicados, muy cerrados— ofrece al conjunto un acabado subrayado, sin concesiones. El cual potencia la desesperación y el vacío existencial de unos personajes que no logran encontrar la paz interior; y como consecuencia de ello, se ven abocados a la fatalidad y a asumir roles más propios de mártires religiosos, aceptando el sufrimiento y la autodestrucción como únicas vías redentoras.

Cada uno de los fotogramas que componen la película, así como las relaciones de dependencia extrema de la sangre, favorecen la empatía con la protagonista de la cinta —interpretada por una magistral Lili Taylor— que se ve abocada a descender a los infiernos, después de ser mordida por un vampiro, para encontrar las respuestas que, durante eras, han instigado las mentes y los corazones del ser humano.

Intentar responder las preguntas filosóficas que nacen de la tesina que está escribiendo —la cual trata de discernir si la atrocidades cometidas por la especie humana, son fruto de las circunstancias o de una naturaleza intrínsecamente malvada— llevarán a la protagonista a adentrarse en las enfermizas garras de la adicción.

La película no proporciona contestaciones obvias, acerca de la naturaleza del ser humano y sus acciones descarnadas. Porque esta pequeña obra de culto no pretende dar lecciones. Se limita, exclusivamente, a lanzar preguntas al espectador. Quien luego —si así lo desea— puede buscar respuestas, por sí mismo, o en compañía de otros. Pues esta película es de aquellas que después de salir del cine, apetece comentar, hasta bien entrada la noche. Aunque nadie haya sabido responder —al menos, de una manera rotunda—, desde que Caín asestara un golpe traicionero y mortal a su hermano Abel, qué es lo que nos hace abrazar, con tanta facilidad, el monstruo que parece vivir en lo más hondo del ser humano.

Por último, me permito el lujo de aportar algunos datos que pueden resultar interesantes a quien después de leer estas líneas, deseé darle una oportunidad a esta película y dedicarle poco más de hora y veinte minutos:

Nicholas St. John comenzó a escribir el guión de esta película cuando falleció su hijo, en un desgraciado accidente de tráfico; lo que quizá explique el pesimismo y el desánimo que inunda toda la cinta.

“The Addiction” solo pudo estrenarse en cines, tras el rotundo éxito que obtuvo “El Funeral”. Película posterior de Abel Ferrara, que, sin embargo, se estrenó con anterioridad.

Ninguno de los actores que participó en la película cobró un dólar, mientras la rodaban, lo que le que le granjeó graves problemas a Abel Ferrara y a su productor con el sindicato de actores.

Christopher Walken apenas aparece unos minutos en pantalla, pero da una memorable lección de lo que es una magistral interpretación.

Dicho esto, sólo cabe invitaros a ver la película, y constatar si estáis de acuerdo o no, con lo aquí expuesto.

jueves, 17 de junio de 2010

Vidas y trayectos



—Dime… ¿quieres vivir?

Gabriel sabía que se trataba de una pregunta retórica, porque, a pesar de que la masa gris de su cerebro resbalaba ya casi por la mejilla, nunca su mente se encontró tan lúcida, tan despierta, como en ese instante final.

María hurgaba y arañaba, llevada por la desesperación, valiéndose de sus propios dedos, los labios vaginales; entre los cuales se había escabullido su bebé mientras orinaba. El cuerpo roto del recién nacido, yacía, ahora, tumbado boca arriba, con el cráneo abierto, muy, muy cerquita de ella.

Pedro caminaba, descalzo, por la orilla de una playa que vomitaba sangre. La normalidad se le atragantaba, como un mal viaje; y la razón, se dispersaba, como un millar de esferas en una máquina del millón. Necesitaba un tiro.

Ana no se atrevía a volverse. Era incapaz de mirar a los ojos del desconocido que había invitado a subir a casa, y a quien luego le había permitido entrar dentro de ella. Por eso fingía que dormía, mientras aguardaba a que él se marchara. Aquel extraño, a quien jamás volvería a ver, no le dio un beso al salir de su vida. Ana se alegró de que no lo hiciera, y lloró.

Dafne se moría de cáncer, y compraba en la panadería por última vez en su vida. Le resultó curioso descubrir que nunca se había fijado en aquel chico tan guapo, con quien, desde hacía seis años, coincidía en la panadería, y a quien nunca podría besar.

David despertó con las sábanas manchadas y un espacio vacío en la cama. Tras lo que le pareció un mundo, consiguió levantarse. Se metió en la ducha. Estuvo bajo el agua caliente más de media hora. El aroma de aquella mujer estaba prendido a él. Mientras planeaba su suicidio, David tomó conciencia de que nunca lograría olvidarla si algo fallaba.

La señora María subió al coche y fue a la mercería de toda la vida. Allí compró el cable más grueso y largo que pudo encontrar. Regresó a casa. Se enrolló el cable alrededor del cuello y dio una patada a la oxidada silla de jardín.

Nuria entró a la farmacia a comprar una caja de condones, mientras su novio, Fran, que los usaría esa misma noche con otra chica, en aquella estúpida fiesta a la que nunca debieron ir, aguardaba en el coche, con el motor en marcha.

lunes, 7 de junio de 2010

Puertas

Jamás aparta los ojos de las puertas, como si esperase encontrar algo inesperado y sorprendente bajo el quicio de un mundo plagado de limitaciones, tanto físicas como creativas. Contempla a su interlocutor y trata de centrar su atención en las palabras que brotan de su boca, pero le resulta imposible mantener la concentración. Sus ojos se desvían en busca de las oquedades de las estancias; ya sean ventanas, puertas o conductos de ventilación... Cualquier cosa, por nimia que sea, le vale. Con tal de que pueda asomarse a otro lugar que no sea el que habita, y siempre que exista, claro, la probabilidad, aunque sea remota, de darse de bruces con algún acontecimiento que pueda lograr estremecerle o hacerle sentir algo, lo que sea... Pues hace tiempo que lo mundano dejó de interesarle. Y no es que los años le hayan vuelto egoísta y huraño. Bueno, tal vez, un poco huraño, sí. Son las personas. Por más que intenta integrarse entre quienes comparte una era y un barrio, nunca logra sentirse parte del todo. La gente le resulta sumamente aburrida. Pero no culpa a los demás de su hastío. Él es el primero en reconocer que su existencia carece de interés para cualquiera, e incluso para nadie; si es que nadie pudiera sentir algún tiempo de interes. Su mente parece haberse aislado tanto del ruido que le rodea, que ya ni siquiera puede descifrar las frases que lanzan al aire aquellos que todavía le acompañan en un viaje que sólo puede terminar con la muerte; la de quien sea.

jueves, 4 de febrero de 2010

Adiós, amigo, adiós


Un animal se marcha con más dignidad y entereza que muchas personas. Una postal escrita por un hombre muerto espera a que los vivos se fijen en aquel sobre arrugado y extraño que el azar se encargó de extraviar. La cinta del pelo, de una muchacha que quiso jugar a ser mujer, descansa a merced del salitre de un mar de ensoñaciones frustradas. Las llamaradas arden en la chimenea de un hogar que jamás podrá ser calentado. Un muro de piedra permanece desnudo de pintadas, y listo para ser derruido. El tiempo pasa demasiado deprisa para quien, por fin, ha decido qué hacer con su vida. Una bandada de pájaros interrumpe las confesiones y secretos de quienes están condenados a romper el fuerte vínculo que les une. Alguien descubre que los aviones de su juventud estaban demasiado lejos, cuando un estruendo le obliga a alzar los ojos y mirar el cielo. La pérfida imaginación de un escritor teje una trama que solo conduce a un callejón sin salida. Nadie será recordado, porque el olvido es el juez más justo. Un espejo quebrado devuelve la imagen distorsionada de quien se disfrazó durante demasiado tiempo. El rocío inunda los sentidos de un vagabundo que vive sólo por instinto. Quién elige el grado de importancia de las cosas. El muro cae, porque es lo que hacen las cosas: caer, para volver a ser levantadas. Una miríada de cosas por hacer se convierte en la única regla de las vidas de quienes se atrevieron a soñar. La carta cae del sobre veinte años después de ser escrita, y la nieta, de quien escribió la misiva, llora, al amparo de la luz de un portátil; y no llora por ella, sino por todos nosotros.

jueves, 21 de mayo de 2009

Demasiado ocupados

Dejaba que me despertara la luz del día, pues el sonido del despertador sólo me recordaba que no tenía a dónde ir. Llevaba dos meses fingiendo encontrarme en el séptimo cielo, delante de amigos y familiares; y poco más de un mes, llorando a escondidas, cuando volvía a casa, ya bien entrada la noche. Quise tomarme mi despido como una oportunidad; qué otra cosa podía hacer. Pensé que la mejor manera de no rendirme, era centrarme por completo en la escritura. Tenía algo ahorrado, y bastante cotizado en la seguridad social. Debido a lo cual, sentía que tenía un margen suficiente de tiempo para hacer una última intentona de dedicarme a lo que realmente se me daba bien: ganarme la vida como escritor. Pero las cosas se fueron truncando poco a poco. Al principio dedicaba un par de horas a echar currículum en Internet, con el propósito de encontrar un trabajo que me llenara; y luego, me pasaba más de ocho horas escribiendo relatos y una novela que quería terminar para tratar de moverla. Le dedicaba a la tarea de escribir el mismo tiempo y esfuerzo que a un trabajo —incluso seguía horarios estrictos, que respetaba a rajatabla—; pero con el transcurrir de las semanas los viejos fantasmas salieron de sus escondrijos y comenzaron a acecharme con la misma fiereza de antaño. Estaba en la treintena y sentía que no tenía derecho a tratar de luchar por sacar adelante un sueño que aparqué durante la adolescencia porque todo el mundo me decía que no podría ser. Cada tarde, me obligaba a mi mismo a pasear sin descanso por las calles de Madrid, intentando disfrutar de un tiempo del cual, a veces, me sentía dueño exclusivo; ya que todo el mundo que me encontraba se encargaba de recordarme lo ocupado que estaba con su trabajo absorbente y la ingente cantidad de problemas que le acuciaban —todos, claro, más importantes que los míos—. Aún cuando cerraba los ojos para intentar conciliar el sueño, ya en mi cama, no dejaba de oírles decir: Es que YO no tengo tiempo para nada. Es que YO tengo mucho trabajo. Es que YO tengo que pagar un piso. Es que YO no puedo aceptar cualquier empleo, necesito ganar más de 1000 euros. Es que YO, YO, YO… Y yo, así en minúsculas, yo, con el ánimo de no molestar, asentía con la cabeza y ponía mi cara más comprensiva, mientras decía algo así como: Bueno, ánimo… Cuando, en realidad, me hubiera gustado decir: Hijo de puta, y yo qué soy, un bicho de otro planeta. Y YO, en mayúsculas, es decir aquella persona que se sentía superior a mí, porque me pasaba las tardes vagando por Madrid y escribiendo por las mañanas chorradas que no daban dinero, en lugar de convertirme en un miembro productivo de la sociedad, me miraba con una expresión que rozaba la repugnancia —como quien mira una cucaracha—; o peor aún, como a un niño que todavía no sabe nada de la vida de los adultos. Aunque nunca me lo dijeron de forma directa, sus palabras daban a entender —de forma muy poco sutil— que yo, sí, el de antes, el de las minúsculas, era poco más que un jeta, que no quería trabajar como hacían todos los demás… Ahora, más de un año después desde que encontrara un trabajo que no me gusta —pero que me permite pasar de puntillas por la vida, sin que nadie haga juicios de valor sobre mí—, ya no escribo nada y he dejado de hacer todas aquellas cosas que me llenaban. Creí que así me sentiría mejor, más orgulloso de mí mismo. Pero no hago más que empeorar. Me imagino que el diagnóstico sería depresión, si algún día decidiera visitar a un médico. Pero hay una cosa de la que esto convencido, por muy mal que vaya mi vida, jamás le diré a otra persona, sin saber cómo está y por lo que está pasando: Es que YO no tengo tiempo para nada. Es que YO tengo mucho trabajo. Es que YO tengo que pagar un piso. Es que YO no puedo aceptar cualquier trabajo, necesito ganar más de 1000 euros. Es que YO, YO, YO… No, jamás.

jueves, 19 de febrero de 2009

Cochina enfermedad


Todas las noches salía al balcón del séptimo piso que compartía con su mujer y el bebé, con el firme propósito de saltar al vacío delimitado por la barandilla. Algunas noches, cuando el dolor remitía y por fin podía dormir unas pocas horas, acurrucado al calor que desprendían el cuerpo de su mujer y del bebé, se alegraba de no tener valor suficiente para acabar con su vida; otras, la mayoría, se odiaba por desear morir cuanto antes y que todo terminase.