lunes, 23 de enero de 2012

Lego 10212 Imperial Shuttle

Siempre he sido bastante torpe para enfrascarme en el maravilloso mundo de la maquetas, por lo que siento muchísima admiración por quienes han nacido con el don de la paciencia y una mente capaz de desentrañar los galimatías incomprensibles que sirven como guía para  montar las piezas.

Yo soy una mente caótica, mi socio Álvaro es una mente ordenada; quizá por eso nuestra amistad parece abocada a perdudar por los siglos de los siglos, al igual que los proyectos nacidos de la unión de nuestras respectivas cabezas pensantes. Ojalá algúno día seamos capaces de crear aquel proyecto soñado, que nos sirva para compartir un espacio laboral, y no solo artístico.

Por todo lo expuesto anteriormente, he decidido compartir con todos vosotros un magnífico video donde vemos como cientos de pequeñas piezas -aparentemente inconexas y esparcidas por la cama- se ensamblan hasta conformar un impresionante modelo de "Imperial Shuttle", perteneciente al Star Wars encuadrado en el universo Lego.

Espero que disfrutéis viéndolo, tanto como yo lo hice en su momento.





jueves, 19 de enero de 2012

”Mañana, cuando la guerra empiece”, de Stuart Beattie



Con el atentado del once de septiembre de 2001, los ciudadanos estadounidenses —arengados por su gobierno— comenzaron a temer un ataque enemigo en su propio territorio. La paranoia, disipada tras el fin de la Guerra Fría, volvió a instaurarse en la sociedad americana. Este hecho, digno de estudio, ha provocado que aparezcan varias producciones cinematográficas, que especulan sobre lo que sucedería, si una potencia extranjera invadiese suelo estadounidense. Y la moda se ha extendido por otros países que no están acostumbrados a los conflictos bélicos y viven en un aparente clima de paz y prosperidad.
 
”Mañana, cuando la guerra empiece” es la adaptación de una novela juvenil australiana, que se apropia de dicha premisa, para hablarnos del tránsito hacia la madurez, de un grupo de jóvenes inmersos en un conflicto armado.

Los personajes, estereotipados, carecen por completo de profundidad. Sus acciones no están justificadas y sus reacciones cambian en función de las necesidades de la película. En ningún momento tienes la impresión de estar asistiendo a un viaje interior y exterior; a una traumática pérdida de la ingenuidad, como se empeñan en poner de manifiesto los personajes, valiéndose de diálogos poco sutiles y artificiosos, cada vez que tienen oportunidad.

Los momentos de mayor tensión son resueltos con sorprendente torpeza, tanto argumental como técnicamente. Existen dos secuencias cruciales en la película, cuyo impacto en los espectadores debería ser brutal, y que están resultas de modo burdo.

La primera de estas secuencias es cuando los jóvenes descubren que realmente ha estallado una guerra en su idílico pueblo y toman conciencia de que se encuentra metidos de lleno en un escenario bélico. Basta visionar el arranque de Amanecer Rojo (Red Dawn; 1984) —dejando a un lado las connotaciones políticas, claro— para darse cuenta de cómo se puede contar algo similar con muchísimo más brío y emoción. Con aquella inolvidable secuencia inicial, en la que los paracaidistas rusos inundan el cielo de un pueblecito de sur de Estados Unidos, John Milius consigue que el espectador se quede aturdido, casi traumatizado, ante lo que acaba de ver. En “Mañana, cuando la guerra empiece” el espectador tiene que hacer denodados esfuerzos por creerse lo que está sucediendo en la pantalla y sentir cierta empatía con los personajes.

La segunda secuencia, es la del puente, donde —dado lo complejo y peligroso de la misión que afrontan los protagonistas— el espectador tendría que seguir los hechos que se desarrollan en la pantalla con un nudo en el estomago. Pero el guionista y director de la cinta se limita a ofrecernos un espectáculo de acción vacuo y carente de tensión. Ojalá Stuart Beattie hubiese revisado la secuencia final de El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai;1957)”, antes de acometer el rodaje de la secuencia más importante de su película. Tal vez así, habría logrado plasmar una décima parte del grado de emoción y suspense que destilan los majestuosos fotogramas rodados por el maestro David Lean.

miércoles, 18 de enero de 2012

“3D Grand Prix”, versión Amstrad CPC 464


El olor del combustible se mezcla con el sudor que derramas a borbotones. El calor dentro del casco es sofocante. El ruido de los motores, a pesar de los tapones, resulta ensordecedor. Los brazos te duelen a rabiar. Pero no dejes de presionar el pedal del acelerador. Tienes que apurar la frenada más aún, si es preciso. Trazar las curvas por dentro. Arriesgarte a chocar contra un adversario, adelantándolo por donde apenas hay espacio. Proclamarte Campeón del Mundo de Formula 1. Vencerlos a todos.



Al igual que sucede con otros dos simuladores deportivos, de los cuales ya hemos hablado —“Match Point” y “Match day II”—, este esplendido videojuego sentó lo que serían las bases para desarrollar un buen simulador de carreras de coches; concretamente, de monoplazas de formula uno.

Este videojuego fue desarrollado por la compañía “Amsoft", la cual nos ofreció un puñado de buenos programas, los cuales son dignos de aparecer en esta batería de artículos dedicados a los 8 bits.

En su momento, allá por 1985, cuando pudimos disfrutar de las carreras en primera persona, gracias a este espectacular simulador en nuestro Amstrad CPC 464, no nos podíamos creer lo bueno que era. Y eso que, como ya comenté en mi análisis de “Rock 'n Wrestle”, por aquel entonces teníamos un monitor de tonos verdes y no pudimos maravillarnos con la esplendida paleta de colores que posee este videojuego.

Resulta sorprendente la excelente impresión que me ha causado este videojuego más de veinte años después de haberlo jugado por última vez. Presentía que, como me ocurrió, por ejemplo, con el mencionado “Rock 'n Wrestle”, mi percepción infantil, mezclada con la nostalgia, hubiesen tergiversado mis recuerdos acerca de este videojuego; pero nada más lejos de la realidad. Cuando lo puse a correr en mi emulador de Amstrad CPC 464, quedé estupefacto. El videojuego conserva toda la magia de antaño.

Obviamente, nada tiene que ver con los simuladores de coches actuales, los cuales han llegado a un nivel de realismo impecable, gracias a la potencias de los procesadores actuales. Pero los gráficos de “3D Grand Prix” mantienen su vigencia, y resulta atractivo, incluso hoy. Recordad que este videojuego se hizo para los microordenadores de 8 bits.


 El color —así como su calidad gráfica—, como ya dije, es su baza más fuerte. La perspectiva es la misma que tendría un piloto de fórmula uno, sentado frente al volante de su monoplaza de carreras. La información que nos proporciona el salpicado es sencilla y fácilmente comprensible. El control del vehículo es bastante intuitivo, aunque se necesita un tiempo para adaptarse a la conducción y comenzar a competir por los primeros puestos.

El detalle de poder cambiar de marchas, cuando el marcador de cuenta revoluciones y el sonido del motor nos lo indican, aumenta la sensación de "realismo" y hace que el videojuego se torne más interesante. La dificultad está muy ajustada. No es un videojuego sencillo, pero con práctica podremos progresar con relativa facilidad.

Lo más complicado —al igual que ocurre en las carreras que vemos retransmitidas por televisión— son los adelantamientos. Si chocamos contra otro coche, nuestro monoplaza se detendrá; y entonces, tendremos que reducir marcha, acelerar de nuevo y reincorporarnos a la carrera; perdiendo un tiempo precioso en el proceso. Lo que nos hará perder posiciones, sino andamos diestros.

No sólo podremos ver la carretera y el paisaje de fondo, sino que, a través de los espejos retrovisores, podremos situar a los monoplazas que nos siguen de cerca, y pretenden adelantarnos.

El único "pero" es que nos tenemos que dedicar a competir, y ya está. No hay más opciones en lo que se refiere a la elección de circuitos, de coches, de categorías… opciones que se añadirían en los simuladores que salieron después y que, al menos en lo que se refiere a la jugabilidad y la calidad gráfica, muy pocos lograron superar a“3D Grand Prix”.

Por último, cabe señalar el excelente sonido de este simulador: oímos el motor, los frenazos, los golpes…


De todas formas, si queréis un emulador gratis y no sabéis cual, mirad este enlace de los compañeros de Amstrad Esp -uno de los mejores sitios para saber más del Amstrad y donde podréis encontrar gran variedad de títulos clásicos y nuevos; sí, la escena retro está viva, aunque cada vez más parada en el caso concreto de Amstrad.

En caso, de que no sepáis o tengáis alguna duda o curiosidad al respecto, decidmelo en los comentarios, y os aclararé todo lo que esté en mi mano.

martes, 17 de enero de 2012

Match Point, versión Amstrad CPC 464


A este simulador de tenis le ocurre con su iguales exactamente lo mismo que a “Match day II” con los de fútbol, sentó las bases de lo que debería ser un buen videojuego de tenis; y durante muchísimo tiempo fue considerado el mejor de su género, a pesar de que hubo otros que poseían una mayor complejidad técnica y un número mayor de opciones.

La perspectiva que utilizan hoy en día los simuladores de tenis es exactamente la misma que utilizaron hace más de veinte años los programadores de “Match Point”. Y si hay una cosa que prima en este programa, es su asombrosa jugabilidad, así como su austeridad en lo que se refiere al sistema de juego.

En este videojuegos podemos cambiar la trayectoria de la bola al golpear con nuestra raqueta la pelota, simplemente, pulsando las teclas o moviendo el joystick en una determinada dirección al mismo tiempo que presionamos el botón de disparo. La sombra de la pelota nos facilita la posición de la misma, a la hora de devolverla a nuestro rival.

Y ya está. No hay más. Y es de agradecer, porque lo que demostraron otros videojuegos, aparentemente más sofisticados, es que un exceso de posibilidades —como por ejemplo el punto de mira que usaron muchos de los videojuegos que le siguieron— resta jugabilidad al juego.

Los gráficos eran bastante buenos para el momento en que apareció este videojuego. En la versión Amstrad, una vez más, destacaba el colorido. Además, esta versión ofrecía una ambientación sonora rica, dadas las limitadas posibilidades sonoras de los microordenadores de 8 bits.

Destaca la presencia de los recogepelotas, que cada vez que la pelota tocaba la red o no la superaba, salían corriendo, agarraban la pelota y cambiaban su puesto con su compañero.


 Recordaba que me resultaba muy sencillo manejar a los tenistas, pero cuando he vuelto a jugar en el emulador de Amstrad, me he dado cuenta de que, como ya he hecho mención en otros videojuegos clásicos, se necesita echarle unas horitas para adquirir soltura y disfrutar de verás de este fantástico simulador.

Pero una vez te haces con los controles, y golpeas la pelota con criterio, en lugar de pulsar como un loco el disparo, con el propósito de dar a la pelota de cualquier forma, resulta extremadamente sencillo volverte a sumergir en este magnífico simulador y rememorar las tardes que pasábamos de críos pegados a nuestros microordenadores.

Como ocurre en la mayoría de los videojuegos deportivos, la diversión se multiplica cuando en lugar de jugar contra la máquina, nuestro oponente es un buen amigo. 


De todas formas, si queréis un emulador gratis y no sabéis cual, mirad este enlace de los compañeros de Amstrad Esp -uno de los mejores sitios para saber más del Amstrad y donde podréis encontrar gran variedad de títulos clásicos y nuevos; sí, la escena retro está viva, aunque cada vez más parada en el caso concreto de Amstrad.

En caso, de que no sepáis o tengáis alguna duda o curiosidad al respecto, decidmelo en los comentarios, y os aclararé todo lo que esté en mi mano.

lunes, 16 de enero de 2012

Batman, de Tim Burton


Las películas de Christopher Nolan han eclipsado las dos interesantes versiones que en su momento rodó Tim Burton. Pues, aunque en su momento la película me decepcionó y me pareció de una calidad inferior a cualquiera de las obras en las que se basaba —“La Broma Asesina”, “Batman: The Dark Knight” o “Batman: año uno”—, he de reconocer que “Batman” está envejeciendo de una forma esplendida. No me extrañaría que, de aquí a un tiempo, se convirtiera en todo un clásico del séptimo arte. ¿Por qué? Pues porque las virtudes son mayores que los defectos y detrás de la cámara se encontraba un artesano y no un director con oficio.

 El guion tiene bastantes fallas y adolece de la intensidad necesaria para que temamos por la vida de Batman. Aunque todos sepamos que el héroe no puede morir, necesitamos sentir que quizá pueda ocurrir lo imposible y este pueda perecer en alguno de sus salvajes enfrentamientos contra los villanos y sus hordas de esbirros —al menos, mientras presenciamos la proyección—. De no ser así, notaremos la trampa y nos limitaremos a esperar, indiferentes, a que la palabra “Fin” aparezca en la pantalla. El ejemplo de lo que digo, se puede encontrar en “The Dark Knight”, rebosante de momentos inolvidables, de esos que te ponen la piel de gallina y te hacen estremecerte en la butaca.

La elección del protagonista generó mucha controversia en su momento —como ocurrió, sin ir más lejos, con Heath Ledger—. El tiempo demostró que Michael Keaton era una buena elección para dar vida a Bruce Wayne.

Batman parece, a veces, un hombre disfrazado, y no el mismísimo Batman. Nolan, al contrario que Burton, acertó con la forma de moverse y pelear del Hombre Murciélago, así como de la teatralidad que requiere la puesta en escena. Pero, claro, Nolan ya contaban con un precedente válido, mientras que Burton partía casi de cero.

La personalidad de Bruce Wayne apenas está desarrollada. Tampoco existen duelos interpretativos de altura, a pesar del magnífico plantel de actores.

Entre las virtudes de la cinta, se puede destacar, por encima de todo, la portentosa recreación de la ciudad de Gotham. Es tal su fuerza en pantalla, que uno la percibe como un personaje más dentro de la trama. Ni siquiera Nolan ha conseguido recrear Gotham City de un modo tan apropiado.

Y qué decir, de la mítica banda sonora orquestada por el genio de Danny Elfman.

Digno de mención, también, la forma de rodar de Burton. Componiendo planos prodigiosos y utilizando un montaje fluido, con reminiscencias del mejor cine negro; lo que dota a la película de un inmejorable aroma clásico.

Y por último, quizá lo mejor de “Batman”: la colosal interpretación de Jack Nicholson. Quien nos ofrece un Joker maravilloso que, por desgracia, todos se empeñan en comparar con el de Heath Ledger; siendo ambos acercamientos al villano excepcionales e incomparables.

jueves, 12 de enero de 2012

La primera reseña de "Los nuevos mitos de cthulhu"



Pues ya ha salido una completa reseña de “Los nuevos mitos de Cthulhu”,  donde se analizan uno a uno todos los relatos copilados en la antología, en el blog “La Torre del cuervo”.

Pinchad aquí, si queréis leerla.

martes, 10 de enero de 2012

Noche de miedo (remake), de Craig Gillespie



De la infinidad de remakes que nacen en Hollywood, la mayoría están condenados al olvido. Pues el tiempo es un juez implacable; ya que este nada sabe de taquillas ni de promociones.

Pasada la moda y los fuegos de artificio, las películas tienen que defenderse por sí mismas, sin intermediarios ni campañas de marketing; y es ahí, precisamente ahí, donde se desmoronan esta clase de proyectos.

La industria de Hollywood no escarmienta, y se olvida de que no basta con mejorar los efectos especiales y añadir más ruido y explosiones para lanzar un buen producto al mercado.

Esta introducción tan larga tiene como único propósito contextualizar la innecesaria película que nos ocupa: "Noche de Miedo", dirigida por un poco inspirado Craig Gillespie.
 
La película es un Remake de la homónima "Noche de miedo", estrenada en 1985. Una cinta de terror que no está envejeciendo tan bien como otros fims coetáneos... pero que desborda energía, originalidad, talento, personalidad y supera con creces a su remake en lo que se refiere a calidad cinematográfica. No obstante, la dirección y el guion corrieron a cargo de un jovencísimo y prometedor Tom Holland, antes de que el fulgor de su estrella comenzase a languidecer.
 
Colin Farrell es un actor con dotes interpretativas suficiente para encarnar a un personaje insano que desprende un magnetismo animal. Pero no puede hacer milagros. No basta con la presencia física, se necesitan escenas bien escritas. 
 
Quitando el protagonista, Anton Yelchin, el resto del reparto ofrece actuaciones bastante pobres. Ninguno de los personajes resulta creíble; por lo que nos cuesta implicarnos y empatizar con el peligroso acoso al que se ve sometida la familia por parte del supuesto vampiro.

La trama se desarrolla demasiado rápida, como si el director quisiera sacar el conejo de la chistera lo antes posible, como si estuviese más interesado en la acción desenfrenada que en jugar con el suspense implícito en la historia. Como resultado, la tensión dramática es nula. No se aprovecha la relación fascinación/repulsión entre los personajes de Yelchin y Farrel, ni las enormes posibilidades que la premisa inicial posee para construir un asfixiante film de suspense. 

A destacar poca cosa: los homenajes a la original, como la mano engarrada o la manzana, entre otros detalles; el primer tramo de la secuencia de la persecución en el desierto, aprovechando al máximo la tecnología 3D -innecesaria en la casi totalidad de la cinta-; no se hace pesada ni demasiado aburrida; tiene algún chiste suelto y gag visual divertido -hecho que sería positivo, si no fuera por los cientos de chistes o gags restante que maldita la gracia que hacen-; tiene un par de sustos buenos; y poco más.

Concluyendo, el remake de "Noche de Miedo" es tan poco brillante como lo fue el de "Pesadilla en Elm Street" -por citar alguno de los que se han perpetrado en los últimos años-; y su único propósito es captar la atención del público adolescente, ofreciéndoles un producto bonito por fuera y vacío por dentro.